14-7-20 Las galletas quemadas

 Miré por la ventana.

Sentía esa mosca tras la oreja. La que te dice cuando se supone que tendrías que estar haciendo algo distinto. Pero no en plan estar planchando en vez de mirar por la ventana, no.

En plan vida. En plan que no tendría que estar perdiendo mi tiempo aquí o de esta manera, mirando por la ventana, por ejemplo.

- Xandra, creo que las galletas se están quemando.

Le miré con desconfianza.

- ¿Crees…?- Me preguntaba si a estas alturas aun merecía la pena siquiera intentarlo o debía dejarlo pasar, para qué molestarse.

Comencé a caminar hacia la cocina y supe que algo no andaba bien. Olía a quemado, había humo y no cabía la más mínima duda de que mis galletas habían sido, a estas alturas, reducidas a cenizas.

Cuando incineraron a mi abuela, ella estaba menos quemada que mis jodidas galletas.

Sin darme la vuelta, aunque sabía que él estaba mirándome esperando quizá una reprimenda o sin saber muy bien por donde iba a salir, me quedé mirando el horno sentada en el suelo, con la cabeza sujeta entre mis manos.


Quería hacer una metáfora de ésto en mi cabeza. Quería decir que había utilizado tanto tiempo y esfuerzo en crear esa masa de galleta, que había estado buscando la receta perfecta, de proporciones perfectas, de ingredientes perfectos…. Que había pesado y mezclado todo cuidadosamente adhiriéndome lo más posible a las instrucciones… Y todo se había ido al garete. Aquella mierda terrible que se eregia ante mi, no solo apestaba, si no que no quería ni mirarla.

En qué había fallado estaba claro, no había prestado atención a las señales, pero él tampoco.


Aquellas galletas eran, sinceramente, la pista más explosiva de que algo andaba terriblemente mal.


Y aun no he explicado la metáfora, asi que agarraos, porque es cruda.


En la vida, cuando creces, te dan instrucciones. Te enseñan las cosas que deberías hacer, y qué no deberías hacer. Lo que deberías buscar y conseguir. ¿Y todo eso qué es? Es una mentira, una falacia, que nos hace sentir miserables durante toda la vida. Ya sea encontrar el amor, un buen trabajo con un buen sueldo, tener hijos, una casa…. ¿Por qué es éso lo que tengo que buscar? Un día lo encuentras todo. Y como si de una lista de la compra se tratara, lo ticas todo. Como si hubieses tenido toda tu vida ese famoso tablón de visualización de todos tus sueños, y ahora los hubieses conseguido. Lo tuvieses todo. Pero un día te das cuenta de que todas esas cosas no te hacen feliz, y que la única razón por las que las has querido en algun momento es porque te prometieron que eso era la felicidad.


Aprended esto, la felicidad no es lo que sale en los anuncios. La felicidad es lo que te hace sonreir cada dia. Lo que te hace levantarte cada dia, lo que te da fuerzas. No es algo para lo que tienes que luchar contra viento y marea, que te hace llorar y desesperarte.


Xandra era una chica feliz cuando no tenía nada. Se miraba al espejo cada mañana y sonreía. Su maleta podía ser un maletín, y ella tenía suficiente con lo que tenía dentro de ella misma. Con su alma. Con su corazón. Pero un día pensó que quizá podría suplir ese amor que le faltaba con un objeto. Esa mala palabra de alguien que le importaba, por una seguridad en un trabajo que odiaba.


Hoy, Xandra tenía 45 años, una casa, dos terriers, un marido que le llevaba en los demonios, y unas galletas quemadas. Y todas las noches antes de acostarse, se miraba al espejo y quería romperlo.

Veía a la joven Xandra de 18 años corriendo libre y sin ataduras, siendo feliz, encontrando su sitio y reencontrándolo mil veces.


- Eh, que te has quedado ahi dormida. ¿Estan quemadas entonces?


Joder, las galletas. Las galletas se me habían olvidado, la verdad. Lo que me interesaba en ese momento era saber si esa sensación de que tenía que ir a mi habitación y coger una muda de ropa y desaparecer era la que tenía que seguir, o tenía que meterla en un pañuelillo otra vez, tirarlo a la basura y seguir con el día, como tantas otras veces había hecho.


Esta vez era diferente, eso si. Esta vez sentía que las galletas habían hecho de mensajeras. A mi me encantaban las señales, y la verdad es que aquella había sido muy clara. Mientras sorbía mi café como si no hubiese un mañana, seguía mirando a las cenizas de galleta.

No podía decidirme entre estallar con la furia de mil dragones o ponerme la careta a la que tan acostumbrado debía estar él ya.

Por desgracia, cuando fui a alcanzar la careta, me di cuenta de que estaba negra. Negra carbón, como las galletas. De repente sentí que iba a desmayarme. ¿Pero qué demonios estaba ocurriendo...?


Me di la vuelta deprisa para hablar con Pablo, y alli no había nadie. La silla en la que me le había imaginado sentado tampoco estaba, y tampoco estaban alli ninguna de sus cosas, ni la mesa, ni siquiera el frigorífico. Lo único que había alli era una negrura que yo no había visto nunca. La casa se había quemado hasta los cimientos.

Un bombero me puso sobre los hombros una de esas mantas térmicas de color plateado que usan para personas que están en la mierda.

- Señora- dijo mientras yo aun miraba el horno en el que ni había galletas, ni había cristal, ni bandeja, ni nada- se que esto debe ser muy duro para usted, pero tenemos que hacerle unas preguntas. El fuego no se originó aquí en la cocina, por lo visto fue en uno de los dormitorios, creemos que la causa pudo ser una vela. ¿Recuerda usted encender una vela?

“¿Una vela?” Pensé. Yo no tengo velas. Llevo sin encender una vela desde hace siglos. No podía salir de mi asombro. Estaba en una especie de estado catatónico en el que nada tenía sentido. ¿Donde estaban mis galletas quemadas? ¿Donde estaba Pablo?

- Señora, por favor, es importante que nos de cuantos detalles recuerde. ¿Recuerda usted haber encendido una vela?

- ¿Donde está mi marido?- pregunté sin poder articular más palabras que esas.

- ¿Su marido?- De reojo, veo como el bombero se da la vuelta y mira a uno de sus compañeros, sin entender muy bien la pregunta. Quien no entiende nada soy yo. ¿Dónde está el estúpido de Pablo?- En la casa no encontramos a nadie más, señora. No había nadie más. Tampoco encontramos indicios de que aquí viviera nadie más que usted…

- ¿Pero qué dice? ¿Qué está diciéndome? Quiero ver a mi marido ahora mismo. ¿Es esto una broma? ¿¡Pablo!? ¿¡Pablo, dónde estas!?

- Miguel, llama al jefe, creo que esta señora ha respirado mucho humo y está muy confusa.- No me lo puedo creer, ahora resultará que estoy loca.

- Hola Señora Urquijo, cómo está. Soy el inspector Gabriel Lopez. Lamento mucho la situación en la que se encuentra- ¿situación en la que me encuentro?- pero queremos asegurarnos de que no ha habido más heridos en este terrible accidente. ¿Me dice mi compañero que está usted preguntando por su marido?

- Si, ¿dónde está?- algo estaba empezando a oler muy mal.

- Por favor, apártense, apártense- Una joven rubia de facciones preciosas avanza entre los escombros que un día fueron mi cocina y se hace paso entre los bomberos y el inspector, mientras yo aun estoy sentada en el suelo, frente al horno, sin entender que narices está pasando.- Xandra… Lo lamento muchísimo. El inspector López me ha hecho llamar para ayudarte. ¿Estas bien?


No voy a mentiros, siento que la conozco, sus facciones me son familiares, pero es como un recuerdo muy lejano, casi como de otra vida.

- Perdona, ¿nos conocemos? Estoy un poco confundida ahora mismo…

El inspector López está perdiendo la paciencia, y se hace notar.

- Vamos a ver, ¿alguien me puede explicar que está pasando, por favor? ¿Qué demonios le pasa a esta señora? No para de mirar al vacío y preguntar por sus galletas y su marido…

- Inspector Lopez, soy Jade Dominguez, soy la psiquiatra de la señora Urquijo. Su marido murió hace años, pero algunas veces no lo recuerda. Tiene lo que llamamos un trauma recurrente, que hace que vuelva a vivir una y otra vez lo que ocurrió y la hace olvidar que su marido ya no está con ella.

- ¿Qué ocurrió?

- Por lo que he podido reunir durante todos estos años de terapia, su matrimonio fue dificil, ella siempre se apoyó muchísimo en él y él se fue alejando de ella más y más, hasta que ella no pudo más y quiso dejarle. Entonces él perdió la cabeza y la atacó con una plancha ardiendo. Él la estaba persiguiendo escaleras arriba, cuando se tropezó con el cable de la plancha y cayó hacia atrás. Murió en aquel momento.

- Dios mio

- Ella se siente culpable de su muerte, ya que piensa que si no hubiese insistido en dejarle, él aun seguiría vivo.

- ¿Y qué tienen que ver las galletas con aquello?

- Ella tenía la costumbre de hacer galletas para él cuando pasaban las tardes juntos, y ahora se ha quedado en un limbo en el que cocina galletas para él, pero se le queman porque él no está pendiente mientras ella está planchando, y así es él el malo en la historia, y ella no tiene que sentirse culpable.

- Pero no fue su culpa- La cara del inspector a estas alturas era un verdadero poema, no sabía muy bien qué hacer con toda aquella información.

- En su cabeza, cada día se despierta y se encuentra con que Pablo no está, asi que hace unas galletas para sorprenderle cuando vuelva, pero nunca vuelve.


Todo esto que estaba oyendo me estaba provocando un ataque de ansiedad muy grave. ¿Qué demonios estaba diciendo aquella rubia? Pablo acababa de estar hablando conmigo, me acababa de decir que las galletas se estaban quemando, y yo bajé a mirarlas. Cuando las vi negras, y a él ahi sentado como si no pasase nada, sí me enfadé, pero me puse la máscara. La máscara que siempre usaba para ser la esposa perfecta, para no gritar o estar enfadada, para comerme sentimientos que le iban a hacer daño. Para gustarle, para que me hiciese caso.

Me puse la máscara y después…. Después me la quité y la lancé al suelo. Ahora recuerdo tener la carne de gallina. Recuerdo sentirme herida como nunca antes. Escupida. Sentí estar gritando sin que nadie me oyese. Sentí estar encerrada en un cuarto sin ventanas.

Entonces me di la vuelta y le miré con tanto odio que sentí que mi pequeño cuerpo no podría soportarlo. Y…. Y le dije que saliese de alli. Que se marchase. Que cogiese toda su mierda y se largase. Que no quería volver a verle. Por qué yo no era nadie para el? Por que no supo quererme? Por que no supo cuidar las galletas que o estaba haciendo para el con todo mi cariño? Por que nunca se esforzó en mantenerme interesada. Por que me dejo quemar las galletas. Las galletas no eran galletas, eran mi amor por el. Eran todo y eran nada. El solo tenia que haberlas mantenido cocinando, y haberlas sacado del horno si vio que se estaban quemando. Pero lo vio, lo olio, y no hizo nada. Esperó a que estuvieran en llamas, inservibles y en cenizas para darse cuenta de que no habia vuelta atrás.

Y luego vino la ira. No entendia nada. Como si no entendiese que las galletas no eran galletas. Que eran yo, y eran el, y eran nuestro amor. Que mi alma se habia quemado con ellas cada dia desde que empezo a alejarse. Cada dia que no vino a casa a su hora, cada dia que no contesto a mi llamada, que no hizo caso a lo que decia, que no me pregunto como estaba.

No eran las galletas las que se quemaron. Me quemé yo. Mi amor por el se quemó. Nuestro futuro, nuestro pasado y nuestro presente se quemó. Y ya no quedan ni siquiera cenizas. Ya no queda nada.

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